YO NO HE IDO A DISNEY



Y no me da vergüenza admitirlo. Espero este año poderlo hacer, no solo para poder disfrutar de lo mágico del lugar, para tener algo que contarle a mis hijos, para subir la clásica foto con un señor o señora porque a uno a esas alturas a uno ni le importa asfixiando entre un traje de algodón en forma de ratón cabezón o lo que venga. Sino para poder chicanear con mis amigos en medio de la conversación de esta mágica experiencia que si, yo no he vivido. Cosa que no me achanta para nada, porque los que somos Colombianos no crecimos con Disney que necesita Visa, crecimos con ciudad de hierro que necesita es tripas.

No se si fuí el único que me emocionaba cantidades entrar por la boca de un payaso satánico metálico y con bombillos a su alrededor (la mitad de ellos quemados) que era el ingreso a una ciudad de hierro con el suelo de paja de preferencia. Y uno miraba con ojos de emoción así como un niño ve a Mickey a señora gorda de higiene dudosa que preparaba algodón de azúcar en una ponchera rosada que sonaba como una motobomba.
Recuerdo también y hasta puedo chicanear los juegos de ese Disney Colombiano. Quien no recuerda disparar con esa clásica escopeta que no lanzaba dardos sino puntas de compás con la parte final de arrume de cerdas de escoba a un blanco creado minuciosamente a punta de fotocopiadora, porque todos los blancos son exactos desde esa época hasta hoy. O jugar a tumbar la pirámide de clásicos vasos plásticos de colores neón con una pelota más que liviana. O tirar monedas a un tablero creado con una serie de cuadritos para intentar ganárselo donde quede la moneda en el vidrio. Y sin olvidar ese señor tan rozagante y pudiente dueño de una ruleta que le arrancaba la plata a cualquiera que se le acercaba.
Los regalos no eran ningún Mickey, siquiera un Dumbo. Eran el rulito con shampoo y alambre para hacer burbujas, un kit de siente manillas plásticas y si usted era muy afortunado se podría lleva un afiche o un carrito de esos que tenia que echar andar a atrás para que andarán miserablemente para delante.
Si hablamos de las atracciones, era una cosa totalmente extrema. Las sillas voladoras eran banquitos de madera de colores brillantes sostenido por un par de cadenas para sostener materas que giraban nuevamente con el motor de motobomba que la adrenalina que generaba era por el miedo a salir disparado con todo y silla que por las vueltas que daba la atracción.

Obviamente no puedo dejar atrás la montaña rusa que eran un par de zorras metidas en rieles que uno tenia la certeza que podía salir disparado en cualquier momento. O las sombrillas voladoras y como dejar por fuera la emblemática rueda de Chicago, que en versión de ciudad de hierro es mas rueda de la fortuna si lograba dar una vuelta sin usted salir disparado.
Con todo y esto, vale la pena tambien chicanear una ciudad de hierro. Así como la gente que chicanea Disney. Porque sobrevivimos al perro caliente con salsa radiactiva, chuzo de cualquier animal que con seguridad no es res, ni pollo, ni cerdo. Sobrevivimos a esa manzana de caramelo que terminaba siendo un arrancamuelas que nunca terminaba y obviamente sobrevivimos a ese algodón de azucar del cual uno no se preguntaba por que le sudaba la bolsa en la que estaba contenida, pero igual era sabrosa porque la ciudad de Hierro es el Disney de los que no tienen visa.
Si tienen algun recuerdo especial que se me halla escapado, déjenme en los comentarios

Good Luck
Matt

MateoRamirez

Comunicador Social y periodista. Presentador de Radio y Televisión. Creador de contenidos digitales. Actor ocacional y soñador profesional

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